Esta mañana me he despertado llorando y no ha sido por una pesadilla. He abierto los ojos, como cada mañana, sobre las 8:30 y un minúsculo rayo de luz entraba por el ventanal de mi habitación. Los niños corrían por los pasillos gritando y un aroma a café se colaba por debajo de la puerta gritando mi nombre. Es domingo, día de descanso. Pero todos sabemos que los domingos son los días raros de la semana. Dejamos atrás los días restantes, hayan sido buenos o malos y nos preparamos para empezar la semana. Puede que sea un día de resaca, después de una noche de locura y fantasía tan divertida que te despiertas en una nube. O puede que hayas madrugado, visto salir el sol y disfrutar de un desayuno con toda la familia. Sea cual sea tu domingo, todos sabemos que es el día de las parejas por excelencia. En la mayoría de las ciudades las tiendas permanecen cerradas y no hay mucho que hacer. Ahora con el otoño apetece quedarse en casa, viendo una película, comiendo palomitas y teniendo cerca a esa persona que te hace volar cada vez que te mira.
Hoy me he despertado llorando y ha sido por eso. Porque es domingo, porque llueve, hace frío, los niños no me dejan dormir...y me he dado cuenta de que no podré ver una película, comiendo palomitas con alguien especial. Y sentirme la persona más querida del mundo y más afortunada. Porque eso es lo que sentimos cuando estamos enamorados. Hoy daré una vuelta por París, visitaré el Louvre, tomaré un café frente a Notre Dame y veré a millones de turistas cargados con "capturadores de recuerdos". Muchos podréis pensar que este plan es mucho mejor que el del típico domingo, pero eso porque no creéis en el amor, o mejor dicho, ahora mismo no lo necesitáis. Pero yo si. No es que lo quiera, es que lo necesito. Necesito caricias, besos, miradas de complicidad, peleas, pasión, risas, celos...Mi cuerpo lo añora y mi alma me lo pide a gritos.
Y te preguntas, ¿es el reloj biológico el que hace aflorar esas necesidades? ¿es la ciudad del amor? ¿son las películas de romance que devoras, junto con las palomitas, los solitarios domingos de Septiembre? La respuesta es no, nada de eso.
Son las experiencias de la vida y el pasado. Con mucha suerte he vivido experiencias maravillosas, con pareja, sin pareja, con amigos, sin amigos..He estudiado, he estado en pareja, he viajado, he trabajado, he soñado, he llorado por la ruptura (y mucho),he salido de fiesta, me han despedido, me he emborrachado, he bailado, he reído a carcajadas, he amado, he rechazado, he conocido y, sobre todo, he sido ERASMUS. Y lo pongo en mayúscula porque es la clave de mis llantos. Después de un año de fiestas, tíos guapos, amigos de todo el mundo, amaneceres en el metro, días tirada en la cama, viajes improvisados...después de todo eso, maduras. Y lo haces a la velocidad de la luz. Y todo lo que recientemente has vivido te parece un sueño y, sinceramente, no lo volverías a repetir porque no aguantarías el ritmo. ¿Serán los 25 que ya pesan? Son las experiencias las que pesan, las locuras y no saber qué va a pasar. Todo eso está muy bien durante un tiempo, pero un día, de repente, te das cuenta de que quieras una estabilidad en tu vida, una rutina, eso que hasta ahora odiabas y detestabas. Necesitas un horario, planear tu vida, al menos por ahora. Necesitas arrumacos por las mañanas, desayunos camino del trabajo, cenas tranquilas con los amigos, ir al teatro, disfrutar de un buen vino...Y todo eso llegará. He intentemos disfrutarlo al máximo porque una vez que te acostumbres, tengas todo eso, tu novio, tu casa, tu trabajo, tus rutinas...un día te despertarás y llorarás. Y será porque necesitas otro Erasmus.
domingo, 29 de septiembre de 2013
miércoles, 25 de septiembre de 2013
Tu y yo, y nadie más...
El reloj marca las cinco de una tarde soleada. Aunque es miércoles necesitas empaparte de la energía de la ciudad y te apresuras a la estación. Observas a la gente que camina en la misma dirección que tu. Te detienes en cada detalle de su ropa, zapatos, pelo...Tienen prisa. Ahora te fijas en las personas que te cruzas y observas sus rostros. Algunos cansados, otros felices, en ciertos momentos las miradas se encuentran y sonríes. Pero en raras ocasiones hayas una respuesta positiva. Ni una mueca. Cada uno vive en su mundo y no están interesados en alterarlo ni lo más mínimo.
Llegas a tu destino. Por un segundo te detienes, contemplando la escena. El gentío se abalanza sobre ti, puesto que estás obstruyendo su paso. Te encuentras entre cientos de personas, desconocidas, de todas las nacionalidades posibles y lo único que puedes sentir es soledad. Emprendes tu marcha con el corazón en un puño. Y por fin, ahí está. La vieja Dama de Hierro se alza ante tus ojos con sus 300 metros de altura y su increíble belleza. Y, de repente, la soledad desaparece.
Es extraño. Podemos encontrarnos a miles de kilómetros de casa, sin conocer a nadie, sin poder compartir un café a media tarde, ni recordad momentos vividos, ni risas que duran horas...Sin embargo, contemplar la más maravillosa de las vistas nos hace olvidar la tristeza que sentimos. La sonrisa más grande se instala en tu boca, tu cuerpo parece flotar y tu realidad, en ese preciso momento, parece no existir. Y te sientes libre.
Llegas a tu destino. Por un segundo te detienes, contemplando la escena. El gentío se abalanza sobre ti, puesto que estás obstruyendo su paso. Te encuentras entre cientos de personas, desconocidas, de todas las nacionalidades posibles y lo único que puedes sentir es soledad. Emprendes tu marcha con el corazón en un puño. Y por fin, ahí está. La vieja Dama de Hierro se alza ante tus ojos con sus 300 metros de altura y su increíble belleza. Y, de repente, la soledad desaparece.
Es extraño. Podemos encontrarnos a miles de kilómetros de casa, sin conocer a nadie, sin poder compartir un café a media tarde, ni recordad momentos vividos, ni risas que duran horas...Sin embargo, contemplar la más maravillosa de las vistas nos hace olvidar la tristeza que sentimos. La sonrisa más grande se instala en tu boca, tu cuerpo parece flotar y tu realidad, en ese preciso momento, parece no existir. Y te sientes libre.
lunes, 16 de septiembre de 2013
Dime que todo está bien
Tienes la ciudad ante tus pies. Caminas sin rumbo fijo empujada por el aroma parisino. Llueve y mucho. El cielo se viste de color gris y tus fotos de color azul. "Mierda, necesito una cámara urgente" piensas mientras guardas el móvil en el bolsillo. Mires donde mires hay gente, de todo el mundo. Y luego estás tú. Extraña personaje sacada de un cuento de Charles Dickens. Miras la hora y apresuras el paso. Te detienes y te das cuenta de que nadie te espera. Suspiras y emprendes tu marcha pero esta vez más ligera de lo normal, sin ataduras, sin prisas ni obligaciones.
El cielo se vuelve más gris y tus ojos se acostumbran a la falta de luz. A tu derecha, el Pont des Arts todo un culto al amor. Te fijas en que hay varias parejas sucumbiendo al encanto que se respira. Miradas cómplices, besos y caricias quedarán para siempre atadas a este puente. ¿La forma? Un candado. ¿La promesa? Amor eterno. "Ilusos", piensas. "El amor eterno no existe" te dices a ti misma mientras te alejas con paso firme, aunque en el fondo de tu interior deseas con todas tus fuerzas creer en la eternidad. Una lágrima resbala por tu mejilla, culpable de un recuerdo.
Llegas a Notre Dame y unas ganas inmensas te hacen subir a la cima. La espera es larga y no dudas en recurrir al móvil, pero no tienes Internet. Lástima que las relaciones de ahora se basen en la banda ancha, al menos las tuyas. Por un segundo piensas qué estarán haciendo tus amigos. Respiras hondo. Otro segundo y vuelves a pensar. Ésta vez en él. Y no puedes remediar un vuelco al corazón.
Subes las escaleras a sabiendas que te horrorizan las alturas. Pero seamos valientes, al menos por esta vez. Y alcanzas la plenitud absoluta de querer llegar a las nubes. La vista es hermosa pero no perfecta. Tienes ante ti una de las ciudades más bonitas del planeta tierra pero no es suficiente. Falta algo. Y en tu interior sabes lo que es.
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