miércoles, 25 de septiembre de 2013

Tu y yo, y nadie más...

El reloj marca las cinco de una tarde soleada. Aunque es miércoles necesitas empaparte de la energía de la ciudad y te apresuras a la estación. Observas a la gente que camina en la misma dirección que tu. Te detienes en cada detalle de su ropa, zapatos, pelo...Tienen prisa. Ahora te fijas en las personas que te cruzas y observas sus rostros. Algunos cansados, otros felices, en ciertos momentos las miradas se encuentran y sonríes. Pero en raras ocasiones hayas una respuesta positiva. Ni una mueca. Cada uno vive en su mundo y no están interesados en alterarlo ni lo más mínimo.

Llegas a tu destino. Por un segundo te detienes, contemplando la escena. El gentío se abalanza sobre ti, puesto que estás obstruyendo su paso. Te encuentras entre cientos de personas, desconocidas, de todas las nacionalidades posibles y lo único que puedes sentir es soledad. Emprendes tu marcha con el corazón en un puño. Y por fin, ahí está. La vieja Dama de Hierro se alza ante tus ojos con sus 300 metros de altura y su increíble belleza. Y, de repente, la soledad desaparece.

Es extraño. Podemos encontrarnos a miles de kilómetros de casa, sin conocer a nadie, sin poder compartir un café a media tarde, ni recordad momentos vividos, ni risas que duran horas...Sin embargo, contemplar la más maravillosa de las vistas nos hace olvidar la tristeza que sentimos. La sonrisa más grande se instala en tu boca, tu cuerpo parece flotar y tu realidad, en ese preciso momento, parece no existir. Y te sientes libre.


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